viernes, 6 de octubre de 2017

Cognición como ideología - China Mieville

Cognición como ideología: una dialéctica de la teoría de la CF

China Mieville


Traducido por Manuel Winocur para el seminario de Ciencia Ficción a cargo de: Dr. Marcelo G. Burello
y Lic. Alejandro Goldzycher


Texto originalmente presentado en la Universidad de Kansas, el 24 de septiembre de 2009.

Traducción de la versión publicada en Red Planets, Marxism and SF, 2009, editado por China Mieville y Mark Bould, Wesleyan University Press: Connecticut.

La negación de alguna que otra negación

Implícita en un subtítulo originalmente propuesto para esta colección: “Marxismo, Ciencia Ficción y Fantasía”, había una intención de discutir, o hasta de polemizar con algo que se aproxima a una ortodoxia. Al concebir su área de estudio como: abordajes Marxistas de la CF y la fantasía, la cláusula implica que el hecho de que ambos géneros se encuentren a menudo en estantes cercanos es más que una coincidencia o mala taxonomía; que en efecto se encuentran unidos en un nivel importante y constitutivo.
Esta es una opinión polémica, pero el debate no es nuevo. Desde la publicación de su texto seminal “Las metamorfosis de la Ciencia Ficción” (1979), Darko Suvin ha liderado la corriente académica de teoría de la ciencia ficción (particularmente dentro de la tradición Marxista) más poderosa; de acuerdo a la cual la CF y la fantasía deben mantenerse no solo radicalmente separadas sino también relacionadas jerárquicamente. Para repasar las posiciones ya conocidas: según el abordaje (enorme y justamente influyente, aunque a esta altura algo infame) de Suvin, la CF es caracterizada por el “extrañamiento cognitivo”, en el cual la alienación de lo cotidiano, efectuada por el marco no-realista (“un marco imaginativo alternativo al ambiente empírico del autor”[1]), está organizado “cognitivamente”. Como uno de los tantos “Otros” implicados en ese modelo, el género de la fantasía recibe una crítica salvaje, porque aunque también “extraña”, está “comprometido con la imposición de leyes anti cognitivas”, es “una subliteratura de mistificación”[2], “proto-fascista”, anti-racionalista, antimoderna, “abiertamente ideológica y con patrones eróticos Freudianos”[3]. Suvin reconoce que los bordes entre la CF y la fantasía son a menudo borroso en los niveles de la creación, recepción y marketing, pero esto lo ve no solo como “descontroladamente sociopatológico”[4] sino también como “una contaminación terrible”[5]. En la última década este paradigma fue muy cuestionado (por ejemplo por Andrew Milner en su ensayo en este volumen). A pesar de esto el abordaje “Suviniano” sigue siendo, a grandes rasgos, el dominante. En el año 2000, el mismo Suvin re-examinó los géneros y revisó su anterior “rechazo total” a considerar la fantasía como un objeto valioso de análisis, en un ensayo importante pero frustrante; por momentos brillante y perspicaz, y por momentos teóricamente cerrado de manera abrupta[6]. Aquí reconoce al menos la posibilidad de que exista fantasía admirable, aunque será menos frecuente que una CF de méritos similares. Pero es revelador que, incluso aquí, la reticente apertura mental de Suvin no se expresa en favor de una erosión del firewall propuesto entre la fantasía y la CF[7], sino que más bien se basa en una necesidad desafortunada: la explosión cuantitativa de la fantasía (una expresión de los traumas sociales) y el reflujo de la CF refleja una situación que al crítico “podría desagradar, en su mayor parte”[8], pero que debe enfrentar por responsabilidad intelectual.
Las dos obras marxistas recientes sobre CF más importantes retoman (sin mucha crítica) las tendencias de Suvin y siguen privilegiando a la CF por sobre una fantasía bien distinguida de la primera. Fredric Jameson, para quien la función utópica es la unidad fundamental del radicalismo que posee la CF, describe la fantasía (que no tiene la “gravedad epistemológica” de la CF) como “técnicamente reaccionaria”[9]. En Teoría crítica y CF, Carl Freedman plantea que la fantasía en su supuesta falta de cognición puede ofrecer como mucho “extrañamientos irracionales”[10]. (La fuerza de esta tradición y su raigambre ideológica puede ser, incluso en aquellos que la critican, una de las razones por las que, sin la intención de ninguno de los dos editores, la fantasía desapareció del subtítulo de este volumen y de la información para contribuyentes).
En otra ocasión afirmé que esta distinción es insostenible.[11] En efecto, creo que el desdén y hasta el desprecio hacia la fantasía que este paradigma transmite, es tal vez la mayor obstrucción para el progreso teórico del campo. Sin embargo, dada la importancia de todos los trabajos que adeudan de la posición Suviniana, y dada también su extraordinaria resiliencia paradigmática (y frente a todo el alegre borramiento del borde CF/Fantasía, al nivel del consumidor, que Milner señala), esta intervención parte no de una oposición sino de una sumisión. Aquí aceptaré los predicados y la concomitante eficacia heurística de la distinción CF/Fantasía, y a partir de esto intentaré una crítica inmanente.
Las lagunas del paradigma, y las posibles estrategias para superarla, se desprenden precisamente de su propia lógica, a través de los matices trabajados en particular por Freedman. Las conclusiones a extraer serán (eso espero) no tanto paradójicas sino más bien (de un modo camp) dialécticas. Intentaré probar que la lógica de la posición no solo pide y ofrece una (a menudo inadvertida) auto-ideologikritik, sino que termina por colapsar la supuesta “especificidad” y superioridad que la CF deriva de ella. Esto no es tanto una discusión en contra, sino más bien una subversión de su tenaz antítesis genérica; una refutación aparente del Suvinianismo alcanzada precisamente a través de la fidelidad al evento Suvin.

Cognición y Posibilidad

No es nada nuevo señalar que mucha de la supuesta ciencia en la CF es precisamente eso: supuesta. Más aún, ésta es a menudo espuria, equivocada, o “pseudo” ciencia. Tampoco es nuevo plantear la pregunta de si esos predicados incorrectos descalifican a una obra de pertenecer a la CF. Es notable que este debate pre-existe al género en sí; y le viene heredado, como se evidencia por la irritación de Jules Verne frente a las paparruchadas solemnes de H. G. Wells, que compara con su propia precisión científica; y su juicio de que esto excluía el trabajo de Wells de una rigurosa literatura de extrapolación[12]. Esta pulsión descalificadora todavía puede verse en algunos de los lectores y escritores menos permisivos de la así llamada “CF dura”, para quienes las imprecisiones científicas pueden considerarse, más o menos por definición, defectos literarios.
Queda claro que esas imprecisiones y falacias están embebidas en montones de textos de CF, y que eso puede plantear inquietudes acerca de la naturaleza del género de “extrañamiento cognitivo”. Dejando de lado la posibilidad de que no haya isomorfismo entre ambas, la “cognición” se concibe en general en términos de (o al menos íntimamente relacionada con) una relación rigurosa, racional y científica con la realidad material en sí[13]. Esto funciona detrás de la distinción clásica entre los mundos de CF “posibles” y los de fantasía “imposibles”, y localiza así la ciencia en la Ciencia Ficción[14]. Pero, como señala Adam Roberts, “muchas de las frecuentemente desplegadas ‘novas’ de la CF son cosas que la ‘ciencia’ ha desechado como literalmente imposibles”[15], de modo que la ‘posibilidad’ científica no puede ser la base de la ‘cognición’, si queremos sostener la postura post-suviniana.
El paradigma puede, sin embargo, recobrarse de esto. “No es la ‘verdad’ de la ciencia lo que es importante para la CF”, dice Roberts, “sino el método científico”, y esa es la “lógica cognitiva” en el “extrañamiento cognitivo”[16]. Carl Freedman reconoce la falta de claridad en este punto como un problema “serio” del paradigma al cual está comprometido, y eso lo lleva más allá que cualquier otro escritor, al teorizar que una idea matizada de cognición como “lógica cognitiva” se encuentra en el centro de la CF. De acuerdo a su Suvinianismo reformulado:
“La cognición en sí no es, en los términos más estrictos, la cualidad que define a la CF. Lo que en verdad está en juego es lo que podríamos llamar el Efecto Cognitivo. El problema crucial para la discriminación genérica no es un juicio epistemológico externo al texto en sí mismo  acerca de la racionalidad o irracionalidad de las imaginaciones allí dispuestas, sino más bien la actitud del texto mismo sobre el tipo de extrañamiento que está efectuando.”[17]
Esta es una jugada ingeniosa, una que simultáneamente innova y sistematiza algo no tan sorpresivo: un cierto sentido común genérico que ha permitido a generaciones de lectores y escritores tratar algo como un motor Más Rápido que la Luz (MRL) como Ciencia Ficción, del mismo modo en que un dragón no lo es; a pesar de que la gran mayoría de los físicos aseguran una y otra vez que el primero no es menos imposible que el segundo.
Esto no es, sin embargo, el final de la historia. A pesar de su elegancia, esta solución trae tantos problemas como los que resuelve. Con su enfoque en la actitud del “texto en sí mismo”, Freedman intenta mantener algo de rigor taxonómico al evadir la subjetividad concomitante con teorías basadas en la respuesta del lector o la intención del autor. Sin embargo, hablando estrictamente, el “texto en sí mismo” (por supuesto) no tiene una actitud acerca del tipo de extrañamiento que efectúa, ni acerca de nada en verdad.
Tomada literalmente, la insistencia de Freedman de que la trilogía de CF de C. S. Lewis que comienza con “Mas allá del Planeta Silencioso” (1938) “considera que los principios que observa como cognitivamente válidos no pueden excluir eventos como la acción ficcional representada de lo ocurre dentro del ambiente real del autor”[18], no tiene mucho sentido. La trilogía de Lewis no considera eso: no hace nada más que estar ahí. Claro que eso no cierra el problema porque: i) más allá del literalismo poco caritativo, tomado en contexto como una distinción entre el registro del trabajo de Lewis (acá considerado CF) y el de Tolkien (aquí paradigmático de la Fantasía), uno sabe lo que Freedman quiere decir; y ii) La razón por la que uno lo sabe es porque la trilogía de lewis no sólo está ahí: está ahí en su estado de haber-sido-escrita y de haber-sido-leída.
En otras palabras, nuestra fidelidad a la fidelidad de Freedman a Suvin involucra necesariamente, en su enfoque textual, no solo un recordatorio, sino un abordaje teórico necesario del hecho de que el texto no existe en un vacío a-sociológico. Aunque ciertamente no pueden reducirse a intención o opinión, resultan inevitables y centrales las preguntas sobre la agencia humana vis-avis y deben ser consideradas en términos de estructura social y mediación.
Sobre esta base la pregunta entonces será: ¿el efecto cognitivo de quién? O más pertinente: ¿la cognición de quién?, ¿y el efecto de quién?

Hacer cosas con palabras

Este reformulado abordaje a la especificidad de la CF, en términos de texto leído y escrito, significa considerar a la CF no en términos de la relación de un texto con su supuesta “lógica cognitiva”, sino como algo hecho con el lenguaje por alguien a otra persona.
Nuestra concepción re-socializada del pasaje de cognición a “efecto cognitivo” no es una intuición nueva, pero fue en muchas articulaciones, un sobreentendido del sentido común, al menos desde Wells quien definía su tarea como escritor de “historias fantásticas” como: “ayudar al lector a jugar el juego de la manera correcta”, y “domesticar las hipótesis imposibles” con “alguna asunción plausible”.[19]
Fue la potencial inconmensurabilidad de la “cognición” del texto y la realidad la que llevó a Freedman a formular el “efecto cognitivo”. Sin embargo, Wells no ve su trabajo como convencer a nadie de sus afirmaciones espurias, sino como ayudar a “domesticar” un imposible: esta admisión jocosa y perspicaz deja claro que en estos textos, no solo la “cognición” sino también el “efecto cognitivo” son radicalmente contingentes a cualquier facticidad correcta. Claro que el efecto puede ser derivado de la realidad empírica y de la ciencia rigurosa y racional, pero es vital insistir, como lo hace Wells, sobre la potencial absoluta discontinuidad entre ambas: el hecho de que el efecto es el resultado de una estrategia o un juego al que juega el escritor y a menudo el lector; no basado en afirmaciones sobre la realidad sino en afirmaciones de plausibilidad que se sostienen puramente dentro del texto.
Descriptivamente esto es perfectamente obvio y a menudo señalado; pero las implicaciones radicales que supone para la teoría del efecto cognitivo no fueron lo suficientemente subrayadas. Estas fuerzan al teorizador a salir de la implicación tranquilizadora de que la “actitud del texto en sí”, para ponerlo en palabras de Freedman, es necesariamente una actitud de buena fe. Es quizá un deseo implícito de casos claros lo que subyace al enfoque común en textos literarios predicados en ciencia que es aparentemente correcta pero que luego es desechada, y lo que está detrás de cierto privilegio conceptual de esa categoría por sobre la CF deliberadamente construida sobre falsedades.
Roberts por ejemplo piensa en esas “novelas tempranas de la CF que seguían el pensamiento científico de su tiempo” para luego argumentar que la posterior anulación de aquellos nostrums[20] “no invalida las novelas, porque el punto de la CF no es la ‘verdad’ sino la “inscripción a un material particular, a menudo el del discurso racional”[21]. Incluso si uno está de acuerdo, el argumento de que la CF no está predicada sobre la “verdad”, que comienza con aquellos textos que efectivamente estaban basados en algo que se creía verdadero, resulta algo débil. La precisión científica como fundamento conceptual de la CF aquí vuelve a asomar su cabeza, al mismo tiempo que es desechada.
Freedman insiste explícitamente en que la CF es ‘en su mayoría’ una ‘literatura genuinamente cognitiva’[22] pero resulta revelador que, incluso cuando discute los casos que menos parecen sujetarse a esto, él arregla las cartas en su contra. Por ejemplo, recuerda que Isaac Asimov se negó sardónicamente a cambiar su relato “La noche moribunda” (1956), que estaba basado en “sabiduría astronómica común al tiempo de la composición del relato” que fue luego refutada, diciendo que no iba a “someterse a los ‘caprichos’ de los astrónomos”[23]. Freedman insiste correctamente en que esto no socava el efecto cognitivo. Efectiamente, los hechos astronómicos no tienen “nada que ver” con éste[24]. Sin embargo resulta sorprendente que la admisión de la necesidad de desacoplar cognición y efecto cognitivo se desprenda de la discusión de un texto donde el efecto cognitivo era justamente un corolario de la cognición real, sólo uno que luego fue revisado como falso.
El caso de la CF construida sobre “alguna suposición plausible” que el autor sabe incorrecta (y posiblemente el lector también) es, al contrario de lo que dice Freedman, extremadamente común. De hecho, para Wells, es un gesto fundacional del género. Es también mucho más problemática teóricamente. Los teóricos pueden simplemente expulsar esos trabajos del género, pero eso no solo delinearía un campo extraordinariamente menguado (¡sin Wells!), sino también, al hacerlo, reduciría la teoría al mero trabajo de guardia de frontera. Teniendo en cuenta que siempre hay áreas grises en la taxonomía, parece sensato, al construir una teoría de la CF, que sea una teoría de la CF que en verdad existe, en lugar de la CF de algún tipo ideal tautológico.
Siguiendo a Wells, surge la pregunta: Si la cognición y el efecto cognitivo son a veces radicalmente discontinuos, entonces ¿cuál es la fuente del efecto cognitivo? Por definición, no será la lógica cognitiva. Uno debe insistir sobre este punto: con el permiso de Freedman, incluso si, en algún caso particular, un conjunto de afirmaciones que producen efecto de cognición son cognitivamente correctas; el efecto cognitivo tout court es una categoría existencialmente necesaria precisamente porque no es reductible a una lógica derivada de la cognición. Lo que es más, el efecto cognitivo es una categoría compartida a través de todo el espectro de la CF, desde trabajos basados en lo científicamente correcto, pasando por los basados en lo que se cree verdadero pero resulta equivocado, hasta aquellos textos basados en lo completamente falso. Lo que impulsa al efecto cognitivo no puede ser la lógica cognitiva en sí misma.
Habiendo separado el efecto cognitivo de la cognición y su lógica, debemos agregar la formulación de la CF como algo hecho con el lenguaje por alguien a alguien. La pregunta es cómo. Nuevamente, la respuesta se conoce desde hace décadas.
Wells, en una escandalosa defensa de la ciencia inventada, dice que el escritor “debe llevar [al lector] a hacer una concesión distraída… y proceder con la historia mientras se sostenga la ilusión”[25]. El método es entonces un engaño efectuado por el autor (o si se prefiere, la función autor) a través del texto. En la CF sensu stricto un registro aparentemente cognitivo, lógico y riguroso es invaluable para lograr el engaño; pero ese registro ya está mediado y no es la fuente del efecto cognitivo.
Como señala Gwyneth Jones, lo que la CF necesita no es la exactitud sino una “apariencia de dominio sobre el lenguaje de la ciencia”[26]. El énfasis en su formulación sin embargo debería estar en otro aspecto: La CF no depende del lenguaje de la ciencia, ni del dominio del lenguaje de la ciencia, sino en la apariencia de dominio sobre el lenguaje de la ciencia.
El efecto cognitivo es persuasión. Sin importar qué herramientas se utilicen para esa persuasión (pueden o no incluir afirmaciones efectivamente lógico-cognitivas), el efecto es, según el testimonio de escritores de CF de varias generaciones, y por la lógica de los mismos teóricos para quienes la cognición es clave; una función de autoridad (textual) carismática. El lector se rinde al efecto cognitivo en tanto él/ella se rinde a la autoridad de texto y su función de autor.
Esta persuasión, aunque sea “engaño”, es sin duda generalmente lúdica para ambos lados. De hecho, una conciencia del carácter de juego en la interacción puede llevarnos un paso más allá en el entendimiento de cómo la “pseudo-ciencia” que el autor sabe falsa puede aún así ser CF de un modo significativo: ahora, si nos concentramos en la autoridad consensuada, podemos ver cómo el efecto cognitivo puede funcionar aún cuando el lector también sabe que las afirmaciones “cognitivas” son falsas.
Esto no es una preocupación marginal para la CF. La teoría de Wells no es de la CF como embuste: es extremadamente improbable que muchos de sus lectores se hayan convencido de la posibilidad de que exista la cavorita repelente de la gravedad;[27] pero debido al tipo particular de autoridad en el texto, se crea un efecto de cognición incluso si ni el escritor ni el lector encuentran lógica cognitiva en las afirmaciones del texto. En lugar de eso, leen o escriben como si la encontraran.
Esto explica también cómo la presencia de la pseudo-ciencia más absurda de, digamos, la CF de las películas de clase B de los años ‘50, no descalifica a un texto de su pertenencia al género-cluster de la CF. De hecho, no hay nada tan falso que haga que un lector no pueda ser persuadido de rendirse a ese hecho como si fuera cognitivo (que no es lo mismo que creer que lo sea).
Hay un conjunto de sobreentendidos experienciales acerca de lo que hace a un texto CF y no fantasía, un entendimiento popular del género. Dado que el modo en que esa especificidad se percibe es parte de la esencia de esa especificidad, cualquier intento de teorizar la CF que existe en la realidad tiene que tomarse estos sobreentendidos con seriedad. Hay poca duda de que la teoría de Freedman/Suvin es exacta al decir que, para ese entendimiento popular de la CF-no-fantasía, la Ciencia-Ficcionidad es una función del efecto cognitivo, una relación embebida en el texto entre cognición y la función de realidad. Sin embargo, la afirmación de que el efecto es una función del rigor cognitivo embebido en el texto es incorrecta. En tanto predicación sobre la cognición, el efecto cognitivo es precisamente acerca de ella, acerca de un modo putativo lógico de pensar, no una función de ella. Y en tanto el efecto experimentado es una función de la autoridad, el “efecto cognitivo”, al derivar lógica supuestamente cognitiva de una autoridad externa, no es solo fundamentalmente irracional, sino también intensamente ideológico.        

La degradación de la ciencia

El efecto cognitivo, un término que se vuelve más siniestro cuanto más lo interrogamos críticamente, deja el terreno de la lógica supuestamente conceptual y rigurosa en manos de los dictámenes de un grupo de funciones de autor “expertas”. Esto es una traducción a términos meta-literarios y grandilocuentes de la capa de tecnócratas a menudo concebidas por la CF y sus culturas como la mejor esperanza de la sociedad. Esta fantasía de un burócrata middlebrow-utópico (lo que Wells llamaba el “Samurai”) es una articulación vagamente Fabiana del héroe tradicional de la CF: el ingeniero[28], que despliega un instrumental racional (e ideológico) estrecho, a menudo en forma de ciencia aplicada, para el mejoramiento del mundo. A la luz de esto, y de la política patricia y antidemocrática que esta tendencia expresa, la afirmación pasajera de Suvin de que el “novum” ficcional opera por “hegemonía”[29] está investida de connotaciones más bien poco felices.
Esto no es un llamado a ponerse demasiado serio respecto de esto: ideológicamente esta “suspensión del descreimiento” puede ser algo serio, pero como una rendición “consensual” al nivel literario es inextricable del disfrute del género y, estrictamente en el nivel de la forma (sin importar las ideologías concretas de textos específicos), no lleva una apología inherente al genocidio o al mantenimiento del capitalismo. Sin embargo tampoco es inocente, ni siquiera de relación con estas articulaciones extremas del barbarismo moderno.[30]
Como nos recuerda esta ideologiekritik inmanente de la CF y del paradigma Suviniano (derivada, como decíamos, no de la oposición sino de la fidelidad al paradigma) estos niveles estructurales de ideología textual al nivel de la CF-como-forma (que va más allá de los contenidos específicos del texto) incluye un rendimiento a la autoridad cognitiva. Hay también, y derivado de esto, un nivel ideológico de la teoría: El paradigma Suviniano-Freedmanita en sí.
Incluso antes de cualquier negación dialéctica de la así llamada “lógica cognitiva” central al modelo, el constante y explícito privilegio de la CF sobre la fantasía está montado sobre la autoevidencia de esa “lógica cognitiva”. Aquí se revela una nostalgia peculiar. Como pretende ilustrar el vínculo que hicimos con el ingeniero Edisoniano, esta supuesta lógica está relacionada repetidas veces (si no de manera explícita) con una racionalidad científica extrañamente pre-caída en desgracia, y a menudo instrumentalizada. En tanto la CF afirma estar basada en la “ciencia”, y en lo que efectivamente se considera una “racionalidad”, está en verdad basada en la auto-justificación ideológicamente proyectada de la modernidad capitalista: no sobre un ideal abstracto de “ciencia”, sino sobre las idioteces que la ciencia capitalista dice sobre sí misma.  Esto no es, claro, para argumentar en favor de algún irracionalismo (tal vez lumpen-postmodernista), pero el hecho de que el “racionalismo” que el capitalismo ha ofrecido tradicionalmente es parcial e ideológico, “no puede hacer más” como dice el mismo Suvin, “que darle una mala reputación a la razón”[31]. El deseo expreso es el de una racionalidad más rica y embebida en la sociedad, que no sea algo degradado de qué avergonzarse.
Luego de dos guerras mundiales y un holocausto que vio a la ciencia “dura” y a las ciencias sociales cultivadas en pos de masacre industrial masiva, una época que (sin sorprender a nadie) destruyó los ensueños reformistas burgueses de progreso ineluctable a través de la racionalidad; y luego de la revuelta estética de los modernismos radicales (incluidas sus alas pulp-fantásticas) nacidas del repudio de esa especie de racionalismo de comprador capitalista que era todo lo que había oficialmente en oferta; uno podría esperar que la teoría Marxista, que por varias generaciones marcó estas conexiones, exhibirá cierto cuidado al hacer afirmaciones del progresismo auto-evidente de un racionalismo auto-justificado. Uno podría considerar (pido perdón por el matorral de comillas utilizados para acentuar el punto) que el modelo de una “racionalidad científica” que es “progresivo” en oposición a un “irracionalismo” “reaccionario” está (siendo generosos) más o menos nueve décadas desactualizado; un chiste malo luego de la Primera Guerra Mundial, y ni hablar de los campos de exterminio. Y a pesar de esto este modelo está en el corazón de la grundnorm de la teoría marxista mainstream acerca de la CF. Sorprendentemente, como quise argumentar, esto se dio con el conocimiento de que las afirmaciones sobre “lógica cognitiva” son falsas; como cuando Jameson explícitamente privilegia las utopías de CF por encima de la “fantasía genérica” en razón de la gravedad que la primera extrae de sus “pretensiones científicas”.[32]
De hecho, esta adopción simultánea de los escritores del género, lectores y teóricos de la agenda auto-declarada “racionalista” de la CF; en contraste con la claridad acerca de sus predicados espurios, es un recordatorio importante de que en el mercado de la ideología, en todas las esferas, se depende del poder persuasivo, no de sus afirmaciones de verdad específicas y explícitas, sino del proyecto ideológico como una totalidad auto-sustentable. Las mentiras en la ideología, en otras palabras, no hacen su trabajo al ser creídas, sino cuando hegemonizan una agenda conceptual; sin importar si son o no creídas.[33]
En la ideología, el carisma y la autoridad se vuelven autotélicas, ese es el punto. En un microcosmos mediado, se puede terminar por definir fácilmente y con algo de justificación a la CF como aquello que es escrito por el escritor de CF.

Especificidad contra especificidad


Esta reformulación inmanente debería actuar como una herida al desprecio de la CF por la fantasía, y al sentimiento aún prevalente entre críticos marxistas de la CF, de que la fantasía, ese Otro proyectado respecto a la CF supuestamente racionalista, es intrínsecamente, en su forma literaria, “teóricamente ilegítima”[34]. Si la CF es ideología al nivel de la forma, el contraste ya no tiene poder.
Esto no sugiere (no debería hacer falta aclarar) una simple inversión de la jerarquía tradicional marxista de la CF y la fantasía. Puede resultar tentador por ejemplo (y muy halagador) hacer analogía con el modelo de arriba y decir que la CF opera mediante un sacerdocio secular literario como corral del espíritu utópico, mientras que la fantasía, la cual no hereda de ningún efecto cognitivo ideológico y limitante, y a través de la cual el lector experimenta una forma radical de extrañamiento sin mediación, hace mímica de la democratización radical de la visión efectuada por las sectas extáticas, para quienes la repudiación de la casta sacerdotal fue un acto emancipatorio.
Podría ser tentador, pero sería completamente ridículo. Por un lado, como ciertas alas de la ficción fantástica (especialmente la “ficción extraña” clásica) ilustran bien, cualquiera sea el radicalismo de las sectas extáticas en sus períodos revolucionarios, la estructura de la literatura alrededor de un numinoso no mediado es a menudo no solo reaccionario sino crypto- o abiertamente fascista.[35]
La idea de que, como la CF es una concepción ideológica del mundo profundamente estructurada, la fantasía debería serlo menos, es estúpida. La afirmación de que la fantasía es de algún modo sistemáticamente resistente a la ideología o rebelde en contra de la autoridad es, como cualquier que conozca el género puede atestiguar, risible.
Sin contar otros factores, queda claro que para la fantasía el extrañamiento (radical o no) no es irrestricto. En efecto, lo que distingue precisamente al género de la fantasía, de la alienación de formas más libre como, digamos, el surrealismo y otras vanguardias; es que la integración de la alienación de la realidad típica del género, en conjunto con las exigencias pulp del género, llevan a su control y “domesticación” por la lógica de la narrativa. Esta lógica narrativa, que puede por un lado abrir puertas y ser celebrada en la cultura mainstream e incluso por sus críticos radicales;[36] es también sin duda restrictiva e ideológica. Considerada así, la ideología del efecto cognitivo es un tipo particular de principio organizativo detrás de la ideología estructural temporo-moral de la narrativa misma, que requiere más investigación crítica.
La fantasía entonces, en su forma como también en su contenido, no es un producto menos ideológico que la CF. Sin embargo tampoco lo es más.
En años recientes ha habido un lento re-acercamiento marxista a la fantasía, y nuevos enfoques concomitantes para el subgénero.[37] Examinar estos enfoques o la fantasía misma en detalle excede el alcance de investigación. Dos cosas, por otra parte, quedan claras.
Una es que al nivel sociológico de la producción y el consumo, la distinción entre CF y fantasía continúa siendo pertinente, y que hay especificidades para el lado fantástico de la díada (la más obvia, el despliegue de la magia) como para el lado ciencia-ficcional, que la teoría debería investigar en más profundidad. Es perfectamente plausible entonces que la CF y la fantasía puedan ser distinguidas todavía con cierta utilidad; pero si es así, no lo será en base a la cognición ni en base a ningún otro firewall epistemológico, sino como distintas iteraciones ideológicas del “extrañamiento” que, incluso en el alto Suvinianismo, ambos subgéneros comparten.
Es preciso desmontar las particularidades de este extrañamiento. Una trampa potencial para enfoque marxista sobre el subgénero de la ficción utópica es la idea de que lo que la diferencia específica de la fantasía, y lo que le da su potencial político, es la función utópica (que puede fácilmente abarcar la distopía). Esto es una afirmación implícita (a veces explícita) de que la CF no utópica y la fantasía son de algún modo en el mejor de los casos utopías atenuadas. Pero no debemos dejarnos seducir por la larga y honorable tradición de las utopías de izquierda y los estudios utópicos al cerrar la posibilidad inversa (que sirve mejor al proyecto de teorizar la CF que en verdad existe y la fantasía, en lugar de poner cercas a los segmentos de los campos): que las utopías (incluyendo las distopías) son articulaciones más bien específicas de la alteridad, y que la CF y la fantasía conforman la literatura de la alteridad. Según este modelo, el átomo de extrañamiento de la CF y la fantasía, en otras palabras, es la función de irrealidad, de la cual la utopía es una forma particularmente importante.
Tomar la alteridad como punto de partida nos permite trazar relaciones estructurales entre los géneros fantásticos y las vanguardias anti-realistas. También permiten revisitar con rigor critico la idea tradicional (y tradicionalmente denigrada como completamente anti-teórica) del “asombro” como intrínseco para el campo.[38]
Por supuesto esto es altamente tentativo. Cualquiera creamos que sea la unidad irreductible del extrañamiento fantástico, y a donde quiera que esto nos lleve teóricamente, esto subraya un segundo punto. En el mismo nivel sociológico en el cual la CF y la fantasía se pueden distinguir, los bordes entre ambos se erosionan a una velocidad cada vez más acelerada. Mientras que eso antes era visto como patológico en la teoría de la CF, tenemos la esperanza de que al descalificar la supuesta distinción radical entre ambos géneros sobre la base de la cognición, esa erosión pueda verse ahora como perfectamente legítima.
Uno podría ir más lejos. Se podría afirmar que los esfuerzos continuos de separar y parcelar el mundo de la ficción de extrañamiento, acorralada por una concepción nostálgica neo-fabiana e ideológica de los modos legítimos e ilegítimos de cognición, haya sido un factor paralizante en el desarrollo de una literatura radical, estéticamente extrañada y narratológicamente rigurosa, de la metáfora literalizada de alteridad.
Claro que todo esto pueden ser tonterías. O (trivial pero probablemente) tanto los bordes y como sus cruces pueden continuar habilitando y limitando la creatividad y la innovación en la ficción fantástica. Al menos tenemos la esperanza de que la teoría pueda cambiar su enfoque de las distinciones convencionales pero epifenomenales que por mucho tiempo se consideraron definicionales para el campo, hacia la fundamental alteridad-como-extrañamiento que comparte todo el campo: lo que hace, como lo hace, y qué podríamos hacer con eso. Para eso la teoría Marxista debe continuar des-enfriando su relación con la fantasía. Puede ser todavía muy temprano para efectuar ese des-enfriamiento, insistiendo sobre una sustancia genérica compartida con la CF. Incluso si, como sostengo, esa afirmación es correcta, es tal vez estratégicamente inadecuada. Aquí intenté socavar la supuesta especificidad de la CF respetando e interrogando esa especificidad. También podría funcionar una operación de espejado. Para desdibujar más los bordes puede resultar eficaz respetar las inestables especificidades (específicas al fin) de ese subgénero contingente llamado “fantasía”. Precisamente para continuar el proyecto de una teoría conjunta del CF y la fantasía, la CF con su tendencia a hegemonizar la conversación, debe ser tal vez excluida temporalmente.
Tenemos Planetas Rojos, no dejemos de lado a los Dragones Rojos.




[1] 1. Darko Suvin,  Metamorphoses of Science Fiction: On the Poetics and History o f a Literary Genre, (New Haven: Yale University Press, 1979), p. 8.
[2] Ibid., p. 9.
[3] Ibid., p. 69.
[4] Ibid., p. 9.
[5] Horst Pukallus, “An Interview with Darko Suvin”, Science Fiction Studies 18: 2 (1991),  disponible en www.depauw.edu/sfs/interviews/suvin54.htm (al 17 de Julio de 2008).
[6] Darko Suvin, “Considering the Sense of ‘Fantasy’ or ‘Fantastic Fiction’: An Effusion”, Extrapolation 41: 3 (2000), p. 211. Esta constelación fascinante, fecunda y exasperante de intuiciones y extrapolaciones cuestionables merece un acercamiento extendido y dedicado que excede el alcance de este texto.
[7] Las dos se encuentran constitutivamente opuestas, y hay todavía “más obstáculos para liberar la cognición” en la fantasía. (Suvin, “Considering the Sense of ‘Fantasy’”, p. 211).
[8] Suvin, “Considering the Sense of ‘Fantasy’”, p. 210.
[9] Fredric Jameson, Archaeologies o f the Future: The Desire Called Utopia and Other Science Fictions (London: Verso, 2006), pp. 57, 60. Christopher Kendrick (en una comunicación personal) señala que “Aunque Jameson  respalda la tesis de Suvin, su posición respecto de la fantasía es distinta. Jameson básicamente tacha a la fantasía de retrógrada porque “vuelve” al romance, y entonces tiende a “creer” en el bien y el mal, es decir, en la moral ética. Asocia la CF por otro lado con un “modo de producción estética” que es supuestamente económico-política en lugar de ética en su orientación básica”. Kendrick especula que la posición de Jameson se relaciona con la de Suvin como tal vez “un intento de racionalizar lo que en Suvin aparece como prejuicio”. Esta formulación extremadamente intrigante requiere una investigación más profunda.
[10] Carl Freedman, Critical Theory and Science Fiction (Hanover: Wesleyan University Press, 2000), p. 43.
[11] Por ejemplo, John Newsinget, “Fantasy and Revolution: An Interview with China Mieville”, International Socialism 88 (2000), disponible en www.marxists.de/culture/sci-fi/newsinger.htm.
[12] Ver China Mieville, “Introduction to H.G. Wells, First Men in the Moon” (London: Penguin, 2005).
[13] Algunos de los impulsores del término “cognición” afrontan suficientemente el hecho de que el término sea tan evasivo. En su reconsideración de la fantasía, Suvin afirma que “la cognición es mucho más rica que (y a veces opuesta a) el racionalismo científico” (Suvin, “Considering”, p. 239) Sin embargo (esta calificación sugestiva no está muy desarrollada) el modelo(s) de “cognición” que emerge nebulosamente de una función de si “incluye personas” en lugar de ser dominada por abstracciones, es narrativamente coherente, tiene “riqueza de figuras” (p. 240) y es “agradablemente útil” (p. 211). Junto a estos fragmentos intrigantes de una teoría alternativa de la cognición (término cada vez menos útil), sin embargo, aparece la tradicional afirmación subyacente de que “la epistemología de la CF puede apelar al universalismo cognitivo de las leyes naturales o sociales” que se opone a los modelos de “ocultismo, extravagancia o magia” de la fantasía (p. 238). Esto vuelve a poner a Suvin de acuerdo con sus afirmaciones anteriores según las cuales la CF toma una hipótesis ficcional “y las desarrolla con extrapolaciones y totalizaciones de rigor ‘científico’”. (Darko Suvin, “On the Poetics of the Science Fiction Genre”, College English 34: 3 (1972), p. 374).
[14] Ver por ejemplo la mensión que Suvin hace del cuento de hadas como un escape del mundo empírico “hacia un mundo colateral cerrado, indiferente a las posibilidades cognitivas”, como parte de su definición de “cognición” y su afirmación de que “cualquier cosa es posible en un cuento popular, porque un cuento popular es evidentemente imposible” (Metamorphoses, pp. 6 -8 ). Robert Conquest llega hasta sugerir que “Ciencia Ficción” no es el mejor nombre para el campo, que “’Ficción de Posibilidad’” podría haber sido un mejor nombre” (Robert Conquest, “Science Fiction and Literature”, The Critical Quarterly V: iv (1963), p. 358)
[15] Adam Roberts, Science Fiction (London: Routledge, 2000), p. 8.
[16] Ibid., p. 10.
[17] Freedman, Critical Theory, p. 18; énfasis en el original.
[18] Ibid., p. 18.
[19] Citado en Mieville, “Introduction”, p. xvii.
[20] Probablemente error de tipeo, por “novums”. N. del T.
[21] Roberts, Science Fiction, p. 9.
[22] Freedman, Critical Theory, p. 19.
[23] Ibid., p. 18.
[24] Ibid., p. 18.
[25] Citado en Mieville, “Introduction”, p. xvii
[26] Gwyneth Jones, Deconstructing the Starships: Science, Fiction and Reality (Liverpool: Liverpool University Press, 1999), p. 16; énfasis en el original.
[27] En efecto que esto no suceda es, de acuerdo con Lewis, “un mérito, no un defecto” central para el éxito del texto. “On Science Fiction", en Of Other Worlds: Essays and Stories (London: Harcourt, 1967), p. 64.
[28] Ver Roger Luckhurst, Science Fiction (Cambridge: Polity, 2005).
[29] Suvin, Metamorphoses, p. 63.
[30] Ver John Rieder, Colonialism and the Emergence o f Science Fiction (Middletown: Wesleyan University Press, 2008).
[31] Suvin, “Considering the Sense of ‘Fantasy’”, p. 214. Esta crítica extendida de la “pseudo-racionalidad empobrecida” es una de las mejores secciones de la “efusión” de Suvin, aunque sus implicaciones no están desarrolladas por completo.
[32] Jameson, Archaeologies, p. 57; énfasis propio.
[33] He afirmado esto en “The Lies that aren’t Meant to Deceive Us”, disponible en www.socialistreview.org.uk/article.php?articlenumber=9870.
[34] Freedman, Critical Theory, p. 17.
[35] Este argumento está desarrollado en China Mieville, “Weird Fiction”, en Mark Bould, Andrew M. Butler, Adam Roberts and Sherryl Vint, eds, The Routledge Companion to Science Fiction (London: Routledge, 2009).
[36] De acuerdo con Suvin, “la narrativa es un método cognitivamente privilegiado” y “en mi panteón, la narrativa (…) es uno de los Dioses Supremos” (“Considering the Sense of ‘Fantasy’”, p. 233)
[37] Para la posición revisionista Marxista más importante en tiempos recientes, ver Mark Bould, “The Dreadful Credibility of Absurd Things: A Tendency in Fantasy Theory”, en Historical Materialism 10: 4 (2002), pp. 5 1 -8 8 .
[38] Las lineas más productivas para investigar sobre esta base son probablemente las que relacionan el (como fue llamado para ridiculizarlo) “sensawunna” (mala pronunciación de “Sense of Wonder”: Sentido de Asombro. N. del T.) a través del giro conceptual ocasionado por su problema de escala discordante, como afirmó John Clute, con la tradición de lo sublime (y tal vez, tal vez concomitantemente, con tradiciones a menudo religiosas de escritura exstática y visionaria). La noción de escala ofrece una óptica invaluable, predicada sobre la base de la familiaridad inquietante de un supuesto extrañamiento radical, en lugar de una ruptura verdadera y fundamental con lo conocido. Esta es una translación topológica de algo que yo consideraría clave para el “asombro” del “sentido del asombro”: precisamente, el fracaso necesario de la alteridad, las manchas y rastros inevitables de lo cotidiano en cualquier cosa que se pueda pensar desde el cotidiano mismo, incluyendo su otro extrañado/extrañante. Sin esas manchas de culpabilidad, no podría haber reconocimiento o recepción: la verdadera alteridad sería inconcebible, y por lo tanto, imperceptible. No nos sorprende lo extraño sino la familiaridad desplazada dentro de lo extraño. Un análisis de clase podría incluir, entre otros proyectos: concebir lo fantástico como un desarrollo (siempre-ya fracasado) combinado y desigual de una totalidad entendida como realidad, y su refutación; articulando lo sublime y lo numinoso como un telos emancipatorio mal enunciado; un intento Benjaminiano/Beckettiano de pensar lo impensable y fracasar cada vez mejor en ese intento.