Cognición como
ideología: una dialéctica de la teoría de la CF
China
Mieville
Traducido
por Manuel Winocur para el seminario de Ciencia Ficción a cargo de: Dr. Marcelo G. Burello
y Lic.
Alejandro Goldzycher
Texto
originalmente presentado en la Universidad de Kansas, el 24 de septiembre de
2009.
Traducción
de la versión publicada en Red Planets, Marxism and SF, 2009, editado
por China Mieville y Mark Bould, Wesleyan University Press: Connecticut.
La negación de alguna que
otra negación
Implícita
en un subtítulo originalmente propuesto para esta colección: “Marxismo, Ciencia
Ficción y Fantasía”, había una intención de discutir, o hasta de polemizar con
algo que se aproxima a una ortodoxia. Al concebir su área de estudio como: abordajes
Marxistas de la CF y la fantasía, la cláusula implica que el hecho de que ambos
géneros se encuentren a menudo en estantes cercanos es más que una coincidencia
o mala taxonomía; que en efecto se encuentran unidos en un nivel importante y
constitutivo.
Esta
es una opinión polémica, pero el debate no es nuevo. Desde la publicación de su
texto seminal “Las metamorfosis de la Ciencia Ficción” (1979), Darko Suvin ha
liderado la corriente académica de teoría de la ciencia ficción
(particularmente dentro de la tradición Marxista) más poderosa; de acuerdo a la
cual la CF y la fantasía deben mantenerse no solo radicalmente separadas sino
también relacionadas jerárquicamente. Para repasar las posiciones ya conocidas:
según el abordaje (enorme y justamente influyente, aunque a esta altura algo
infame) de Suvin, la CF es caracterizada por el “extrañamiento cognitivo”, en
el cual la alienación de lo cotidiano, efectuada por el marco no-realista (“un
marco imaginativo alternativo al ambiente empírico del autor”[1]), está organizado “cognitivamente”.
Como uno de los tantos “Otros” implicados en ese modelo, el género de la
fantasía recibe una crítica salvaje, porque aunque también “extraña”, está
“comprometido con la imposición de leyes anti cognitivas”, es “una
subliteratura de mistificación”[2], “proto-fascista”,
anti-racionalista, antimoderna, “abiertamente ideológica y con patrones
eróticos Freudianos”[3]. Suvin reconoce que los
bordes entre la CF y la fantasía son a menudo borroso en los niveles de la
creación, recepción y marketing, pero
esto lo ve no solo como “descontroladamente sociopatológico”[4] sino también como “una
contaminación terrible”[5]. En la última década este
paradigma fue muy cuestionado (por ejemplo por Andrew Milner en su ensayo en
este volumen). A pesar de esto el abordaje “Suviniano” sigue siendo, a grandes rasgos,
el dominante. En el año 2000, el mismo Suvin re-examinó los géneros y revisó su
anterior “rechazo total” a considerar la fantasía como un objeto valioso de
análisis, en un ensayo importante pero frustrante; por momentos brillante y
perspicaz, y por momentos teóricamente cerrado de manera abrupta[6]. Aquí reconoce al menos la
posibilidad de que exista fantasía admirable, aunque será menos frecuente que
una CF de méritos similares. Pero es revelador que, incluso aquí, la reticente
apertura mental de Suvin no se expresa en favor de una erosión del firewall
propuesto entre la fantasía y la CF[7], sino que más bien se basa
en una necesidad desafortunada: la
explosión cuantitativa de la fantasía (una expresión de los traumas sociales) y
el reflujo de la CF refleja una situación que al crítico “podría desagradar, en
su mayor parte”[8],
pero que debe enfrentar por responsabilidad intelectual.
Las
dos obras marxistas recientes sobre CF más importantes retoman (sin mucha crítica)
las tendencias de Suvin y siguen privilegiando a la CF por sobre una fantasía
bien distinguida de la primera. Fredric Jameson, para quien la función utópica
es la unidad fundamental del radicalismo que posee la CF, describe la fantasía (que
no tiene la “gravedad epistemológica” de la CF) como “técnicamente
reaccionaria”[9].
En Teoría crítica y CF, Carl Freedman
plantea que la fantasía en su supuesta falta de cognición puede ofrecer como
mucho “extrañamientos irracionales”[10]. (La fuerza de esta tradición
y su raigambre ideológica puede ser, incluso en aquellos que la critican, una
de las razones por las que, sin la intención de ninguno de los dos editores, la
fantasía desapareció del subtítulo de este volumen y de la información para
contribuyentes).
En
otra ocasión afirmé que esta distinción es insostenible.[11] En efecto, creo que el
desdén y hasta el desprecio hacia la fantasía que este paradigma transmite, es
tal vez la mayor obstrucción para el progreso teórico del campo. Sin embargo,
dada la importancia de todos los trabajos que adeudan de la posición Suviniana,
y dada también su extraordinaria resiliencia paradigmática (y frente a todo el
alegre borramiento del borde CF/Fantasía, al nivel del consumidor, que Milner
señala), esta intervención parte no de una oposición sino de una sumisión. Aquí
aceptaré los predicados y la concomitante eficacia heurística de la distinción
CF/Fantasía, y a partir de esto intentaré una crítica inmanente.
Las
lagunas del paradigma, y las posibles estrategias para superarla, se desprenden
precisamente de su propia lógica, a través de los matices trabajados en
particular por Freedman. Las conclusiones a extraer serán (eso espero) no tanto
paradójicas sino más bien (de un modo camp) dialécticas. Intentaré
probar que la lógica de la posición no solo pide y ofrece una (a menudo
inadvertida) auto-ideologikritik, sino
que termina por colapsar la supuesta “especificidad” y superioridad que la CF
deriva de ella. Esto no es tanto una discusión en contra, sino más bien una
subversión de su tenaz antítesis genérica; una refutación aparente del
Suvinianismo alcanzada precisamente a través de la fidelidad al evento Suvin.
Cognición y Posibilidad
No
es nada nuevo señalar que mucha de la supuesta ciencia en la CF es precisamente
eso: supuesta. Más aún, ésta es a menudo espuria, equivocada, o “pseudo”
ciencia. Tampoco es nuevo plantear la pregunta de si esos predicados incorrectos
descalifican a una obra de pertenecer a la CF. Es notable que este debate pre-existe
al género en sí; y le viene heredado, como se evidencia por la irritación de
Jules Verne frente a las paparruchadas solemnes de H. G. Wells, que compara con
su propia precisión científica; y su juicio de que esto excluía el trabajo de
Wells de una rigurosa literatura de extrapolación[12]. Esta pulsión
descalificadora todavía puede verse en algunos de los lectores y escritores
menos permisivos de la así llamada “CF dura”, para quienes las imprecisiones
científicas pueden considerarse, más o menos por definición, defectos
literarios.
Queda
claro que esas imprecisiones y falacias están embebidas en montones de textos
de CF, y que eso puede plantear inquietudes acerca de la naturaleza del género
de “extrañamiento cognitivo”. Dejando de lado la posibilidad de que no haya
isomorfismo entre ambas, la “cognición” se concibe en general en términos de (o
al menos íntimamente relacionada con) una relación rigurosa, racional y
científica con la realidad material en sí[13]. Esto funciona detrás de
la distinción clásica entre los mundos de CF “posibles” y los de fantasía
“imposibles”, y localiza así la ciencia en la Ciencia Ficción[14]. Pero, como señala Adam
Roberts, “muchas de las frecuentemente desplegadas ‘novas’ de la CF son cosas
que la ‘ciencia’ ha desechado como literalmente imposibles”[15], de modo que la
‘posibilidad’ científica no puede ser la base de la ‘cognición’, si queremos
sostener la postura post-suviniana.
El
paradigma puede, sin embargo, recobrarse de esto. “No es la ‘verdad’ de la
ciencia lo que es importante para la CF”, dice Roberts, “sino el método
científico”, y esa es la “lógica cognitiva” en el “extrañamiento cognitivo”[16]. Carl Freedman reconoce
la falta de claridad en este punto como un problema “serio” del paradigma al
cual está comprometido, y eso lo lleva más allá que cualquier otro escritor, al
teorizar que una idea matizada de cognición como “lógica cognitiva” se
encuentra en el centro de la CF. De acuerdo a su Suvinianismo reformulado:
“La
cognición en sí no es, en los términos más estrictos, la cualidad que define a
la CF. Lo que en verdad está en juego es lo que podríamos llamar el Efecto
Cognitivo. El problema crucial para la discriminación genérica no es un juicio
epistemológico externo al texto en sí mismo acerca de la racionalidad o
irracionalidad de las imaginaciones allí dispuestas, sino más bien la actitud
del texto mismo sobre el tipo de extrañamiento que está efectuando.”[17]
Esta
es una jugada ingeniosa, una que simultáneamente innova y sistematiza algo no
tan sorpresivo: un cierto sentido común genérico que ha permitido a
generaciones de lectores y escritores tratar algo como un motor Más Rápido que
la Luz (MRL) como Ciencia Ficción, del mismo modo en que un dragón no lo es; a
pesar de que la gran mayoría de los físicos aseguran una y otra vez que el
primero no es menos imposible que el segundo.
Esto
no es, sin embargo, el final de la historia. A pesar de su elegancia, esta solución
trae tantos problemas como los que resuelve. Con su enfoque en la actitud del
“texto en sí mismo”, Freedman intenta mantener algo de rigor taxonómico al
evadir la subjetividad concomitante con teorías basadas en la respuesta del
lector o la intención del autor. Sin embargo, hablando estrictamente, el “texto
en sí mismo” (por supuesto) no tiene
una actitud acerca del tipo de extrañamiento que efectúa, ni acerca de nada en
verdad.
Tomada
literalmente, la insistencia de Freedman de que la trilogía de CF de C. S.
Lewis que comienza con “Mas allá del Planeta Silencioso” (1938) “considera que
los principios que observa como cognitivamente válidos no pueden excluir
eventos como la acción ficcional representada de lo ocurre dentro del ambiente
real del autor”[18],
no tiene mucho sentido. La trilogía de Lewis no considera eso: no hace nada más
que estar ahí. Claro que eso no cierra el problema porque: i) más allá del
literalismo poco caritativo, tomado en contexto como una distinción entre el
registro del trabajo de Lewis (acá considerado CF) y el de Tolkien (aquí
paradigmático de la Fantasía), uno sabe lo que Freedman quiere decir; y ii)
La razón por la que uno lo sabe es porque la trilogía de lewis no sólo está
ahí: está ahí en su estado de haber-sido-escrita y de haber-sido-leída.
En
otras palabras, nuestra fidelidad a la fidelidad de Freedman a Suvin involucra
necesariamente, en su enfoque textual, no solo un recordatorio, sino un abordaje
teórico necesario del hecho de que el texto no existe en un vacío
a-sociológico. Aunque ciertamente no pueden reducirse a intención o opinión,
resultan inevitables y centrales las preguntas sobre la agencia humana vis-avis
y deben ser consideradas en términos de estructura social y mediación.
Sobre
esta base la pregunta entonces será: ¿el efecto cognitivo de quién? O más
pertinente: ¿la cognición de quién?, ¿y el efecto de quién?
Hacer cosas con palabras
Este
reformulado abordaje a la especificidad de la CF, en términos de texto leído y
escrito, significa considerar a la CF no en términos de la relación de un texto
con su supuesta “lógica cognitiva”, sino como algo hecho con el lenguaje por alguien a otra persona.
Nuestra
concepción re-socializada del pasaje de cognición a “efecto cognitivo” no es
una intuición nueva, pero fue en muchas articulaciones, un sobreentendido del
sentido común, al menos desde Wells quien definía su tarea como escritor de
“historias fantásticas” como: “ayudar al lector a jugar el juego de la manera
correcta”, y “domesticar las hipótesis imposibles” con “alguna asunción
plausible”.[19]
Fue
la potencial inconmensurabilidad de la “cognición” del texto y la realidad la
que llevó a Freedman a formular el “efecto cognitivo”. Sin embargo, Wells no ve
su trabajo como convencer a nadie de
sus afirmaciones espurias, sino como ayudar a “domesticar” un imposible: esta admisión jocosa y perspicaz deja
claro que en estos textos, no solo la “cognición” sino también el “efecto
cognitivo” son radicalmente contingentes
a cualquier facticidad correcta. Claro que el efecto puede ser derivado de la realidad empírica y de la ciencia rigurosa
y racional, pero es vital insistir, como lo hace Wells, sobre la potencial
absoluta discontinuidad entre ambas: el hecho de que el efecto es el resultado
de una estrategia o un juego al que
juega el escritor y a menudo el lector; no basado en afirmaciones sobre la
realidad sino en afirmaciones de plausibilidad que se sostienen puramente
dentro del texto.
Descriptivamente
esto es perfectamente obvio y a menudo señalado; pero las implicaciones
radicales que supone para la teoría del efecto cognitivo no fueron lo
suficientemente subrayadas. Estas fuerzan al teorizador a salir de la
implicación tranquilizadora de que la “actitud del texto en sí”, para ponerlo
en palabras de Freedman, es necesariamente una actitud de buena fe. Es quizá un
deseo implícito de casos claros lo que subyace al enfoque común en textos literarios
predicados en ciencia que es aparentemente correcta pero que luego es
desechada, y lo que está detrás de cierto privilegio conceptual de esa
categoría por sobre la CF deliberadamente construida sobre falsedades.
Roberts
por ejemplo piensa en esas “novelas tempranas de la CF que seguían el pensamiento
científico de su tiempo” para luego argumentar que la posterior anulación de
aquellos nostrums[20] “no invalida las novelas,
porque el punto de la CF no es la ‘verdad’ sino la “inscripción a un material particular,
a menudo el del discurso racional”[21]. Incluso si uno está de
acuerdo, el argumento de que la CF no está predicada sobre la “verdad”, que
comienza con aquellos textos que efectivamente estaban basados en algo que se creía verdadero, resulta algo débil.
La precisión científica como fundamento conceptual de la CF aquí vuelve a
asomar su cabeza, al mismo tiempo que es desechada.
Freedman
insiste explícitamente en que la CF es ‘en su mayoría’ una ‘literatura
genuinamente cognitiva’[22] pero resulta revelador
que, incluso cuando discute los casos que menos parecen sujetarse a esto, él
arregla las cartas en su contra. Por ejemplo, recuerda que Isaac Asimov se negó
sardónicamente a cambiar su relato “La noche moribunda” (1956), que estaba basado
en “sabiduría astronómica común al tiempo de la composición del relato” que fue
luego refutada, diciendo que no iba a “someterse a los ‘caprichos’ de los
astrónomos”[23].
Freedman insiste correctamente en que esto no socava el efecto cognitivo. Efectiamente,
los hechos astronómicos no tienen “nada que ver” con éste[24]. Sin embargo resulta
sorprendente que la admisión de la necesidad de desacoplar cognición y efecto
cognitivo se desprenda de la discusión de un texto donde el efecto cognitivo era justamente un corolario de la
cognición real, sólo uno que luego fue revisado como falso.
El
caso de la CF construida sobre “alguna suposición plausible” que el autor sabe incorrecta (y posiblemente el
lector también) es, al contrario de lo que dice Freedman, extremadamente común.
De hecho, para Wells, es un gesto fundacional del género. Es también mucho más
problemática teóricamente. Los teóricos pueden simplemente expulsar esos
trabajos del género, pero eso no solo delinearía un campo extraordinariamente
menguado (¡sin Wells!), sino también, al hacerlo, reduciría la teoría al mero
trabajo de guardia de frontera. Teniendo en cuenta que siempre hay áreas grises
en la taxonomía, parece sensato, al construir una teoría de la CF, que sea una
teoría de la CF que en verdad existe, en lugar de la CF de algún tipo ideal
tautológico.
Siguiendo
a Wells, surge la pregunta: Si la cognición y el efecto cognitivo son a veces
radicalmente discontinuos, entonces ¿cuál es la fuente del efecto cognitivo?
Por definición, no será la lógica cognitiva. Uno debe insistir sobre este
punto: con el permiso de Freedman, incluso si, en algún caso particular, un
conjunto de afirmaciones que producen efecto de cognición son cognitivamente correctas; el efecto cognitivo tout court es una categoría
existencialmente necesaria precisamente porque no es reductible a una lógica
derivada de la cognición. Lo que es más, el efecto cognitivo es una categoría
compartida a través de todo el espectro de la CF, desde trabajos basados en lo
científicamente correcto, pasando por los basados en lo que se cree verdadero
pero resulta equivocado, hasta aquellos textos basados en lo completamente
falso. Lo que impulsa al efecto cognitivo no puede ser la lógica cognitiva en
sí misma.
Habiendo
separado el efecto cognitivo de la cognición y su lógica, debemos agregar la
formulación de la CF como algo hecho con el lenguaje por alguien a alguien. La
pregunta es cómo. Nuevamente, la
respuesta se conoce desde hace décadas.
Wells,
en una escandalosa defensa de la ciencia inventada, dice que el escritor “debe
llevar [al lector] a hacer una concesión distraída… y proceder con la historia
mientras se sostenga la ilusión”[25]. El método es entonces un
engaño efectuado por el autor (o si
se prefiere, la función autor) a través del texto. En la CF sensu stricto un registro aparentemente cognitivo, lógico y
riguroso es invaluable para lograr el engaño; pero ese registro ya está mediado y no es la fuente del
efecto cognitivo.
Como
señala Gwyneth Jones, lo que la CF necesita no es la exactitud sino una
“apariencia de dominio sobre el lenguaje
de la ciencia”[26].
El énfasis en su formulación sin embargo debería estar en otro aspecto: La CF
no depende del lenguaje de la ciencia, ni del dominio del lenguaje de la
ciencia, sino en la apariencia de dominio sobre el lenguaje de la
ciencia.
El
efecto cognitivo es persuasión. Sin
importar qué herramientas se utilicen para esa persuasión (pueden o no incluir
afirmaciones efectivamente lógico-cognitivas), el efecto es, según el testimonio
de escritores de CF de varias generaciones, y por la lógica de los mismos
teóricos para quienes la cognición es clave; una función de autoridad (textual) carismática. El lector se rinde al efecto cognitivo en tanto
él/ella se rinde a la autoridad de texto y su función de autor.
Esta
persuasión, aunque sea “engaño”, es sin duda generalmente lúdica para ambos
lados. De hecho, una conciencia del carácter de juego en la interacción puede
llevarnos un paso más allá en el entendimiento de cómo la “pseudo-ciencia” que
el autor sabe falsa puede aún así ser
CF de un modo significativo: ahora, si nos concentramos en la autoridad
consensuada, podemos ver cómo el efecto cognitivo puede funcionar aún cuando el
lector también sabe que las afirmaciones “cognitivas” son falsas.
Esto
no es una preocupación marginal para la CF. La teoría de Wells no es de la CF
como embuste: es extremadamente improbable que muchos de sus lectores se hayan
convencido de la posibilidad de que exista la cavorita repelente de la
gravedad;[27]
pero debido al tipo particular de autoridad en el texto, se crea un efecto de
cognición incluso si ni el escritor ni el lector encuentran lógica cognitiva en
las afirmaciones del texto. En lugar de eso, leen o escriben como si la encontraran.
Esto
explica también cómo la presencia de la pseudo-ciencia más absurda de, digamos,
la CF de las películas de clase B de los años ‘50, no descalifica a un texto de
su pertenencia al género-cluster de
la CF. De hecho, no hay nada tan falso que haga que un lector no pueda ser
persuadido de rendirse a ese hecho como si fuera cognitivo (que no es lo mismo
que creer que lo sea).
Hay
un conjunto de sobreentendidos experienciales acerca de lo que hace a un texto
CF y no fantasía, un entendimiento popular del género. Dado que el modo en que
esa especificidad se percibe es parte de la esencia de esa especificidad, cualquier
intento de teorizar la CF que existe en la realidad tiene que tomarse estos
sobreentendidos con seriedad. Hay poca duda de que la teoría de Freedman/Suvin
es exacta al decir que, para ese entendimiento popular de la CF-no-fantasía, la
Ciencia-Ficcionidad es una función del efecto cognitivo, una relación embebida
en el texto entre cognición y la función de realidad. Sin embargo, la
afirmación de que el efecto es una función del rigor cognitivo embebido en el
texto es incorrecta. En tanto predicación sobre la cognición, el efecto cognitivo
es precisamente acerca de ella, acerca de un modo putativo lógico de
pensar, no una función de ella. Y en tanto el efecto experimentado es una
función de la autoridad, el “efecto cognitivo”, al derivar lógica supuestamente
cognitiva de una autoridad externa, no es solo fundamentalmente irracional,
sino también intensamente ideológico.
La degradación de la ciencia
El
efecto cognitivo, un término que se vuelve más siniestro cuanto más lo
interrogamos críticamente, deja el terreno de la lógica supuestamente
conceptual y rigurosa en manos de los dictámenes de un grupo de funciones de
autor “expertas”. Esto es una traducción a términos meta-literarios y
grandilocuentes de la capa de tecnócratas a menudo concebidas por la CF y sus
culturas como la mejor esperanza de la sociedad. Esta fantasía de un burócrata middlebrow-utópico (lo que Wells llamaba
el “Samurai”) es una articulación vagamente Fabiana del héroe tradicional de la
CF: el ingeniero[28],
que despliega un instrumental racional (e ideológico) estrecho, a menudo en
forma de ciencia aplicada, para el mejoramiento del mundo. A la luz de esto, y
de la política patricia y antidemocrática que esta tendencia expresa, la
afirmación pasajera de Suvin de que el “novum” ficcional opera por “hegemonía”[29] está investida de
connotaciones más bien poco felices.
Esto
no es un llamado a ponerse demasiado serio respecto de esto: ideológicamente
esta “suspensión del descreimiento” puede ser algo serio, pero como una
rendición “consensual” al nivel literario es inextricable del disfrute del
género y, estrictamente en el nivel de la forma (sin importar las ideologías
concretas de textos específicos), no lleva una apología inherente al genocidio
o al mantenimiento del capitalismo. Sin embargo tampoco es inocente, ni
siquiera de relación con estas articulaciones extremas del barbarismo moderno.[30]
Como
nos recuerda esta ideologiekritik
inmanente de la CF y del paradigma Suviniano (derivada, como decíamos, no de la
oposición sino de la fidelidad al paradigma) estos niveles estructurales de
ideología textual al nivel de la CF-como-forma (que va más allá de los
contenidos específicos del texto) incluye un rendimiento a la autoridad
cognitiva. Hay también, y derivado de esto, un nivel ideológico de la teoría:
El paradigma Suviniano-Freedmanita en sí.
Incluso
antes de cualquier negación dialéctica de la así llamada “lógica cognitiva”
central al modelo, el constante y explícito privilegio de la CF sobre la fantasía
está montado sobre la autoevidencia de esa “lógica cognitiva”. Aquí se revela
una nostalgia peculiar. Como pretende ilustrar el vínculo que hicimos con el
ingeniero Edisoniano, esta supuesta lógica está relacionada repetidas veces (si
no de manera explícita) con una racionalidad científica extrañamente pre-caída
en desgracia, y a menudo instrumentalizada. En tanto la CF afirma estar basada
en la “ciencia”, y en lo que efectivamente se considera una “racionalidad”,
está en verdad basada en la auto-justificación ideológicamente proyectada de la
modernidad capitalista: no sobre un ideal abstracto de “ciencia”, sino sobre
las idioteces que la ciencia capitalista dice sobre sí misma. Esto no es,
claro, para argumentar en favor de algún irracionalismo (tal vez lumpen-postmodernista),
pero el hecho de que el “racionalismo” que el capitalismo ha ofrecido
tradicionalmente es parcial e ideológico, “no puede hacer más” como dice el
mismo Suvin, “que darle una mala reputación a la razón”[31]. El deseo expreso es el
de una racionalidad más rica y embebida en la sociedad, que no sea algo
degradado de qué avergonzarse.
Luego
de dos guerras mundiales y un holocausto que vio a la ciencia “dura” y a las ciencias sociales cultivadas en
pos de masacre industrial masiva, una época que (sin sorprender a nadie)
destruyó los ensueños reformistas burgueses de progreso ineluctable a través de
la racionalidad; y luego de la revuelta estética de los modernismos radicales (incluidas
sus alas pulp-fantásticas) nacidas
del repudio de esa especie de racionalismo de comprador capitalista que era
todo lo que había oficialmente en oferta; uno podría esperar que la teoría
Marxista, que por varias generaciones marcó estas conexiones, exhibirá cierto
cuidado al hacer afirmaciones del progresismo auto-evidente de un racionalismo
auto-justificado. Uno podría considerar (pido perdón por el matorral de
comillas utilizados para acentuar el punto) que el modelo de una “racionalidad
científica” que es “progresivo” en oposición a un “irracionalismo”
“reaccionario” está (siendo generosos) más o menos nueve décadas
desactualizado; un chiste malo luego de la Primera Guerra Mundial, y ni hablar
de los campos de exterminio. Y a pesar de esto este modelo está en el corazón
de la grundnorm de la teoría marxista
mainstream acerca de la CF. Sorprendentemente, como quise argumentar, esto se
dio con el conocimiento de que las afirmaciones sobre “lógica cognitiva” son falsas; como cuando Jameson
explícitamente privilegia las utopías de CF por encima de la “fantasía
genérica” en razón de la gravedad que la primera extrae de sus “pretensiones científicas”.[32]
De
hecho, esta adopción simultánea de los escritores del género, lectores y
teóricos de la agenda auto-declarada “racionalista” de la CF; en contraste con
la claridad acerca de sus predicados espurios, es un recordatorio importante de
que en el mercado de la ideología, en todas las esferas, se depende del poder
persuasivo, no de sus afirmaciones de verdad específicas y explícitas, sino del
proyecto ideológico como una totalidad auto-sustentable. Las mentiras en la
ideología, en otras palabras, no hacen su trabajo al ser creídas, sino cuando
hegemonizan una agenda conceptual; sin importar si son o no creídas.[33]
En
la ideología, el carisma y la autoridad se vuelven autotélicas, ese es el
punto. En un microcosmos mediado, se puede terminar por definir fácilmente y
con algo de justificación a la CF como aquello que es escrito por el escritor
de CF.
Especificidad contra especificidad
Esta
reformulación inmanente debería actuar como una herida al desprecio de la CF por
la fantasía, y al sentimiento aún prevalente entre críticos marxistas de la CF,
de que la fantasía, ese Otro proyectado respecto a la CF supuestamente
racionalista, es intrínsecamente, en su forma literaria, “teóricamente
ilegítima”[34].
Si la CF es ideología al nivel de la
forma, el contraste ya no tiene poder.
Esto
no sugiere (no debería hacer falta aclarar) una simple inversión de la
jerarquía tradicional marxista de la CF y la fantasía. Puede resultar tentador
por ejemplo (y muy halagador) hacer analogía con el modelo de arriba y decir
que la CF opera mediante un sacerdocio secular literario como corral del
espíritu utópico, mientras que la fantasía, la cual no hereda de ningún efecto
cognitivo ideológico y limitante, y a través de la cual el lector experimenta
una forma radical de extrañamiento sin mediación, hace mímica de la
democratización radical de la visión efectuada por las sectas extáticas, para
quienes la repudiación de la casta sacerdotal fue un acto emancipatorio.
Podría
ser tentador, pero sería completamente ridículo. Por un lado, como ciertas alas
de la ficción fantástica (especialmente la “ficción extraña” clásica) ilustran
bien, cualquiera sea el radicalismo de las sectas extáticas en sus períodos
revolucionarios, la estructura de la literatura alrededor de un numinoso no
mediado es a menudo no solo reaccionario sino crypto- o abiertamente fascista.[35]
La
idea de que, como la CF es una concepción ideológica del mundo profundamente
estructurada, la fantasía debería serlo menos, es estúpida. La afirmación de
que la fantasía es de algún modo sistemáticamente resistente a la ideología o
rebelde en contra de la autoridad es, como cualquier que conozca el género
puede atestiguar, risible.
Sin
contar otros factores, queda claro que para la fantasía el extrañamiento (radical
o no) no es irrestricto. En efecto, lo que distingue precisamente al género de
la fantasía, de la alienación de formas más libre como, digamos, el surrealismo
y otras vanguardias; es que la integración de la alienación de la realidad
típica del género, en conjunto con las exigencias pulp del género, llevan
a su control y “domesticación” por la lógica de la narrativa. Esta lógica narrativa, que puede por un lado abrir
puertas y ser celebrada en la cultura mainstream
e incluso por sus críticos radicales;[36] es también sin duda
restrictiva e ideológica. Considerada así, la ideología del efecto cognitivo es
un tipo particular de principio organizativo detrás de la ideología estructural
temporo-moral de la narrativa misma, que requiere más investigación crítica.
La
fantasía entonces, en su forma como también en su contenido, no es un producto
menos ideológico que la CF. Sin embargo tampoco lo es más.
En
años recientes ha habido un lento re-acercamiento
marxista a la fantasía, y nuevos enfoques concomitantes para el subgénero.[37] Examinar estos enfoques o
la fantasía misma en detalle excede el alcance de investigación. Dos cosas, por
otra parte, quedan claras.
Una
es que al nivel sociológico de la producción y el consumo, la distinción entre
CF y fantasía continúa siendo pertinente, y que hay especificidades para el
lado fantástico de la díada (la más obvia, el despliegue de la magia) como para
el lado ciencia-ficcional, que la teoría debería investigar en más profundidad.
Es perfectamente plausible entonces que la CF y la fantasía puedan ser
distinguidas todavía con cierta utilidad; pero si es así, no lo será en base a la
cognición ni en base a ningún otro firewall epistemológico, sino como
distintas iteraciones ideológicas del “extrañamiento” que, incluso en el alto
Suvinianismo, ambos subgéneros comparten.
Es
preciso desmontar las particularidades de este extrañamiento. Una trampa
potencial para enfoque marxista sobre el subgénero de la ficción utópica es la
idea de que lo que la diferencia
específica de la fantasía, y lo que le da su potencial político, es la función
utópica (que puede fácilmente abarcar la distopía). Esto es una afirmación
implícita (a veces explícita) de que la CF no utópica y la fantasía son de
algún modo en el mejor de los casos utopías
atenuadas. Pero no debemos dejarnos seducir por la larga y honorable
tradición de las utopías de izquierda y los estudios utópicos al cerrar la
posibilidad inversa (que sirve mejor al proyecto de teorizar la CF que en verdad existe y la fantasía, en
lugar de poner cercas a los segmentos de los campos): que las utopías
(incluyendo las distopías) son articulaciones más bien específicas de la alteridad, y que la CF y la fantasía conforman
la literatura de la alteridad. Según este modelo, el átomo de extrañamiento de
la CF y la fantasía, en otras
palabras, es la función de irrealidad, de la cual la utopía es una forma
particularmente importante.
Tomar
la alteridad como punto de partida nos permite trazar relaciones estructurales
entre los géneros fantásticos y las vanguardias anti-realistas. También
permiten revisitar con rigor critico la idea tradicional (y tradicionalmente
denigrada como completamente anti-teórica) del “asombro” como intrínseco para
el campo.[38]
Por
supuesto esto es altamente tentativo. Cualquiera creamos que sea la unidad
irreductible del extrañamiento fantástico, y a donde quiera que esto nos lleve
teóricamente, esto subraya un segundo punto. En el mismo nivel sociológico en
el cual la CF y la fantasía se pueden distinguir, los bordes entre ambos se
erosionan a una velocidad cada vez más acelerada. Mientras que eso antes era
visto como patológico en la teoría de la CF, tenemos la esperanza de que al
descalificar la supuesta distinción radical entre ambos géneros sobre la base
de la cognición, esa erosión pueda verse ahora como perfectamente legítima.
Uno
podría ir más lejos. Se podría afirmar que los esfuerzos continuos de separar y
parcelar el mundo de la ficción de extrañamiento, acorralada por una concepción
nostálgica neo-fabiana e ideológica de los modos legítimos e ilegítimos de
cognición, haya sido un factor paralizante en el desarrollo de una literatura
radical, estéticamente extrañada y narratológicamente rigurosa, de la metáfora
literalizada de alteridad.
Claro
que todo esto pueden ser tonterías. O (trivial pero probablemente) tanto los
bordes y como sus cruces pueden continuar habilitando y limitando la
creatividad y la innovación en la ficción fantástica. Al menos tenemos la
esperanza de que la teoría pueda cambiar su enfoque de las distinciones
convencionales pero epifenomenales que por mucho tiempo se consideraron
definicionales para el campo, hacia la fundamental alteridad-como-extrañamiento
que comparte todo el campo: lo que
hace, como lo hace, y qué podríamos hacer con eso. Para eso la teoría Marxista
debe continuar des-enfriando su relación con la fantasía. Puede ser todavía muy
temprano para efectuar ese des-enfriamiento, insistiendo sobre una sustancia
genérica compartida con la CF. Incluso si, como sostengo, esa afirmación es
correcta, es tal vez estratégicamente inadecuada. Aquí intenté socavar la
supuesta especificidad de la CF respetando e interrogando esa especificidad.
También podría funcionar una operación de espejado. Para desdibujar más los
bordes puede resultar eficaz respetar las inestables especificidades
(específicas al fin) de ese subgénero contingente llamado “fantasía”.
Precisamente para continuar el proyecto de una teoría conjunta del CF y la
fantasía, la CF con su tendencia a hegemonizar la conversación, debe ser tal
vez excluida temporalmente.
Tenemos
Planetas Rojos, no dejemos de lado a
los Dragones Rojos.
[1] 1.
Darko Suvin, Metamorphoses of Science Fiction: On the Poetics and History o f a
Literary Genre, (New Haven: Yale University Press, 1979), p. 8.
[2]
Ibid., p. 9.
[3]
Ibid., p. 69.
[4]
Ibid., p. 9.
[5]
Horst Pukallus, “An Interview with Darko Suvin”, Science Fiction Studies 18: 2
(1991), disponible en
www.depauw.edu/sfs/interviews/suvin54.htm (al 17 de Julio de 2008).
[6]
Darko Suvin, “Considering the Sense of ‘Fantasy’ or ‘Fantastic Fiction’: An
Effusion”, Extrapolation 41: 3 (2000), p. 211. Esta constelación fascinante, fecunda y exasperante
de intuiciones y extrapolaciones cuestionables merece un acercamiento extendido
y dedicado que excede el alcance de este texto.
[7] Las dos se encuentran
constitutivamente opuestas, y hay todavía “más obstáculos para liberar la cognición”
en la fantasía. (Suvin, “Considering the Sense of ‘Fantasy’”, p. 211).
[8]
Suvin, “Considering the Sense of ‘Fantasy’”, p. 210.
[9]
Fredric Jameson, Archaeologies o f the
Future: The Desire Called Utopia and Other Science Fictions (London: Verso,
2006), pp. 57, 60. Christopher
Kendrick (en una comunicación personal) señala que “Aunque Jameson respalda la tesis de Suvin, su posición
respecto de la fantasía es distinta. Jameson básicamente tacha a la fantasía de
retrógrada porque “vuelve” al romance, y entonces tiende a “creer” en el bien y
el mal, es decir, en la moral ética. Asocia la CF por otro lado con un “modo de
producción estética” que es supuestamente económico-política en lugar de ética
en su orientación básica”. Kendrick especula que la posición de Jameson se
relaciona con la de Suvin como tal vez “un intento de racionalizar lo que en
Suvin aparece como prejuicio”. Esta formulación extremadamente intrigante requiere
una investigación más profunda.
[10] Carl Freedman, Critical Theory and Science Fiction (Hanover: Wesleyan University
Press, 2000), p. 43.
[11] Por
ejemplo, John Newsinget, “Fantasy and Revolution: An Interview with China Mieville”,
International Socialism 88 (2000), disponible en
www.marxists.de/culture/sci-fi/newsinger.htm.
[12] Ver
China Mieville, “Introduction to H.G. Wells, First Men in the Moon” (London:
Penguin, 2005).
[13] Algunos de los impulsores del
término “cognición” afrontan suficientemente el hecho de que el término sea tan
evasivo. En su reconsideración de la fantasía, Suvin afirma que “la cognición
es mucho más rica que (y a veces opuesta a) el racionalismo científico” (Suvin,
“Considering”, p. 239) Sin embargo (esta calificación sugestiva no está muy
desarrollada) el modelo(s) de “cognición” que emerge nebulosamente de una
función de si “incluye personas” en lugar de ser dominada por abstracciones, es
narrativamente coherente, tiene “riqueza de figuras” (p. 240) y es
“agradablemente útil” (p. 211). Junto a estos fragmentos intrigantes de una
teoría alternativa de la cognición (término cada vez menos útil), sin embargo,
aparece la tradicional afirmación subyacente de que “la epistemología de la CF
puede apelar al universalismo cognitivo de las leyes naturales o sociales” que
se opone a los modelos de “ocultismo, extravagancia o magia” de la fantasía (p.
238). Esto vuelve a poner a Suvin de acuerdo con sus afirmaciones anteriores
según las cuales la CF toma una hipótesis ficcional “y las desarrolla con
extrapolaciones y totalizaciones de rigor ‘científico’”. (Darko
Suvin, “On the Poetics of the Science Fiction Genre”, College English 34: 3
(1972), p. 374).
[14] Ver por ejemplo la mensión que Suvin
hace del cuento de hadas como un escape del mundo empírico “hacia un mundo
colateral cerrado, indiferente a las posibilidades cognitivas”, como parte de
su definición de “cognición” y su afirmación de que “cualquier cosa es posible
en un cuento popular, porque un cuento popular es evidentemente imposible” (Metamorphoses, pp. 6 -8 ). Robert
Conquest llega hasta sugerir que “Ciencia Ficción” no es el mejor nombre para
el campo, que “’Ficción de Posibilidad’” podría haber sido un mejor nombre” (Robert
Conquest, “Science Fiction and Literature”, The Critical Quarterly V: iv
(1963), p. 358)
[15]
Adam Roberts, Science Fiction
(London: Routledge, 2000), p. 8.
[16] Ibid., p. 10.
[17] Freedman, Critical Theory, p. 18; énfasis en el original.
[18] Ibid., p. 18.
[19] Citado en Mieville, “Introduction”,
p. xvii.
[20] Probablemente error de tipeo,
por “novums”. N. del T.
[21]
Roberts, Science Fiction, p. 9.
[22]
Freedman, Critical Theory, p. 19.
[23]
Ibid., p. 18.
[24] Ibid., p. 18.
[25] Citado en Mieville, “Introduction”,
p. xvii
[26]
Gwyneth Jones, Deconstructing the
Starships: Science, Fiction and Reality (Liverpool: Liverpool University
Press, 1999), p. 16; énfasis en el original.
[27] En efecto que esto no suceda
es, de acuerdo con Lewis, “un mérito, no un defecto” central para el éxito del
texto. “On Science Fiction", en Of Other Worlds: Essays and Stories (London: Harcourt, 1967), p.
64.
[28] Ver
Roger Luckhurst, Science Fiction
(Cambridge: Polity, 2005).
[29]
Suvin, Metamorphoses, p. 63.
[30] Ver
John Rieder, Colonialism and the
Emergence o f Science Fiction (Middletown: Wesleyan University Press,
2008).
[31]
Suvin, “Considering the Sense of ‘Fantasy’”, p. 214. Esta crítica extendida de la “pseudo-racionalidad
empobrecida” es una de las mejores secciones de la “efusión” de Suvin, aunque sus
implicaciones no están desarrolladas por completo.
[32] Jameson, Archaeologies, p. 57; énfasis propio.
[33] He
afirmado esto en “The Lies that aren’t Meant to Deceive Us”, disponible en www.socialistreview.org.uk/article.php?articlenumber=9870.
[34]
Freedman, Critical Theory, p. 17.
[35] Este
argumento está desarrollado en China Mieville, “Weird Fiction”, en Mark Bould,
Andrew M. Butler, Adam Roberts and Sherryl Vint, eds, The Routledge Companion to Science Fiction (London: Routledge,
2009).
[36] De acuerdo con Suvin, “la
narrativa es un método cognitivamente privilegiado” y “en mi panteón, la
narrativa (…) es uno de los Dioses Supremos” (“Considering the Sense of ‘Fantasy’”,
p. 233)
[37] Para la posición revisionista
Marxista más importante en tiempos recientes, ver Mark Bould, “The Dreadful
Credibility of Absurd Things: A Tendency in Fantasy Theory”, en Historical Materialism 10: 4 (2002), pp.
5 1 -8 8 .
[38] Las lineas más productivas
para investigar sobre esta base son probablemente las que relacionan el (como
fue llamado para ridiculizarlo) “sensawunna” (mala pronunciación de “Sense of
Wonder”: Sentido de Asombro. N. del T.) a través del giro conceptual ocasionado
por su problema de escala discordante, como afirmó John Clute, con la tradición
de lo sublime (y tal vez, tal vez concomitantemente, con tradiciones a menudo
religiosas de escritura exstática y visionaria). La noción de escala ofrece una
óptica invaluable, predicada sobre la base de la familiaridad inquietante de un
supuesto extrañamiento radical, en lugar de una ruptura verdadera y fundamental
con lo conocido. Esta es una translación topológica de algo que yo consideraría
clave para el “asombro” del “sentido del asombro”: precisamente, el fracaso
necesario de la alteridad, las manchas y rastros inevitables de lo cotidiano en
cualquier cosa que se pueda pensar desde el cotidiano mismo, incluyendo su otro
extrañado/extrañante. Sin esas manchas de culpabilidad, no podría haber
reconocimiento o recepción: la verdadera alteridad sería inconcebible, y por lo
tanto, imperceptible. No nos sorprende lo extraño sino la familiaridad
desplazada dentro de lo extraño. Un análisis de clase podría incluir, entre
otros proyectos: concebir lo fantástico como un desarrollo (siempre-ya
fracasado) combinado y desigual de una totalidad entendida como realidad, y su
refutación; articulando lo sublime y lo numinoso como un telos emancipatorio mal enunciado; un intento
Benjaminiano/Beckettiano de pensar lo impensable y fracasar cada vez mejor en
ese intento.